Duelo en Reykjavik

Apenas habían pasado unos meses desde el regreso. En parte la motivación era el estar presente para seguir de cerca su evolución general. Sabía de antemano que a los pocos meses de ese regreso debería volver a partir y la ausencia se prolongaría al menos medio año más.

Nos despedimos con tranquilidad.

Otoño en Mánchester. El regreso a Europa se constituyó en una estadía de trabajo por más de seis meses. Esa larga estancia fue lo que permitió que conectara con el dojo y realizara el primer paso para dar inicio en el Camino del aikido.

Fueron tres meses intensos de práctica con el deslumbramiento y el fervor que nunca me abandonaría. Ahora sé lo que es que te dé el “síndrome del tatami” y te acompañe toda la vida. Más allá del cansancio, los dolores, los esfuerzos e incluso de los infortunios de accidentes y pérdidas; la práctica es una conexión personal e íntima con tu experiencia vital que te acompaña permanentemente.

Durante ese proceso de descubrimiento del placer de la práctica surgió el viaje a Islandia. Y en esos mismos días finalmente todo terminó. A la distancia de miles de kilómetros no sería diferencia ir o no ir, estar o no estar. Ya para entonces habíamos realizado la despedida en calma.

Días soleados de otoño sub-ártico, tímidas luces de auroras boreales y la posibilidad de pasar las horas en compañía de los recuerdos y su presencia junto a mi lado.

Reykjavik

Reykjavik

Pese a seguir la rutina establecida para esos días en Reykjavik todo tenía un aura de irrealidad; las calles semivacías, el frío, la nevisca, las curiosas costumbres islandesas como dejar a los niños a la intemperie en sus cochecitos y capazos o las velas en los dinteles y umbrales para iluminar las largas noches nórdicas. Y todo ello ahondaba mi introspección.

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Bebé islandés a la intemperie. Ph: Jennifer Yang/Toronto Star

Sobre el paseo de la bahía de Faxa o Faxaflói, una escultura enorme recuerda una nave vikinga con el aspecto fantasmagórico de algo que es capaz de atravesar espacios.

En una esquina de una calle que baja hacia el mar una librería de libros usados que es un laberinto de pilas y pilas de papel escrito en casi todos los idiomas. Libros en castellano sobre tango, fútbol, gauchos y Buenos Aires. Una realidad aparte en tierras vikingas.

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Escultura en la bahía de Reykjavik

Un momento relajado. Estar inmerso en una piscina geotermal bajo la suave nevisca mientras se afloja, algo, la ristra de nudos y contracturas del cuerpo. Una cerveza helada por el aire polar, nieve en la cabeza y el cuerpo sumergido en agua a 40C.

La tristeza duró días, semanas y luego meses hasta sumar años, al menos un par largos.

El regreso a la rutina del trabajo en Mánchester ayudó a sobrellevarlo, pero más que nada el regreso al tatami y la práctica.

Ahora, en otro otoño, en este caso austral, repaso con los dedos las mangas de lana islandesa y recuerdo momentos de ese puñado de días, del frío, del desprendimiento y la aceptación que la oportunidad de aquellos meses anteriores a la experiencia islandesa, cuando fue la última vez que nos reunimos todos, ya no volvería a repetirse. Ya nunca volveríamos a encontrarnos por aquí.

Así fueron los días de duelo en Islandia.

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La Peregrinación del Tatami (II)

Las peregrinaciones han sido una parte esencial de la búsqueda espiritual desde tiempos inmemoriales. Pero ¿por qué la gente va en peregrinación, soportando dificultades y molestias? Si analizas el significado y el propósito detrás de hacer un viaje a un espacio sagrado; entonces encontrarás la razón para peregrinar.
¿Cuál es la diferencia entre el recorrido, un viaje y una peregrinación? La gente se mueve de un lugar a otro para una variedad de razones. Hay exploradores que siempre están en busca de tierras vírgenes que quieren poner su huella en. Quieren demostrar algo. Hay viajeros que tienen curiosidad de ver todo, por lo que viajan. Hay turistas que simplemente van a relajarse. Hay otros tipos de turistas que simplemente van a escapar de su trabajo o la familia. Pero un peregrino no va para cualquiera de estos propósitos. Una peregrinación no es una conquista, es una rendición. Es una manera de llegar a ti mismo en el Camino. Si no, es una manera de acabar agotado. Un proceso de destruir todo lo que es limitado y compulsivo; llegar a un estado sin límites de la conciencia.
Someter a prueba a quién eres.

Shoshin 初心

Shoshin – La Mente de Principiante

La idea detrás de una peregrinación es fundamental para someter el sentido de lo que eres. Es llegar a ser nada en el proceso de simplemente caminar y trepar y sujetarse a diversos procesos arduos de la naturaleza. En la antigüedad, para llegar a esos lugares, una persona tuvo que pasar por una cierta cantidad de malenestar físico, mental, y todo tipo de dificultades, por lo que se convierte en menos de que se piensa que es ahora. Hoy las cosas se han hecho mucho más cómodas. Estamos volando por arriba de todo, reduciendo las molestias y dificultades. Casi nadie peregrina para someterse a prueba y quienes lo hacen sólo caminando un poco del Camino.

Físicamente, somos seres humanos mucho más débiles que lo que solía ser hace miles de años,  porque en algún lugar y momento perdimos habilidades y ya no sabemos cómo hacer uso de los servicios y las facilidades de la vida en el Camino para nuestro bienestar. Los hemos utilizado para hacernos más cómodos, débiles, renunciando a proseguir a la más mínima de las dificultades para con nosotros mismos y con el entorno en el que existimos. Así que la idea fundamental de la peregrinación se hace aún más relevante para las sociedades modernas de lo que era para los antiguos.

Pero el Camino no parte de ningún origen concreto y carece de destino final.

Iniciar una peregrinación para someter a prueba a quién eres puede transformarse en una experiencia extenuante. Que te demanda toda tu vida.

En el regreso final a la Argentina, en Buenos Aires había sido imposible dar con un dojo que coincidiera con mis obligaciones y además me permitiera una reincorporación en la práctica luego de la experiencia en Mánchester. No tenía la intención de continuar con la misma escuela; ya mis sensei me habían aconsejado que practicara en el tatami que encontrara allí donde fuera. De modo que nada me decían las diferencias entre la miríada de asociaciones, círculos, federaciones, centros, uniones, fundaciones y otros en que se me presentaba el aikido.

Solo buscaba un tatami donde practicar.

Y en poco menos de dos meses la vida me llevó de regreso a San Carlos de Bariloche, desde donde había partido hacía doce años y adónde no tenía pensado regresar. Los motivos del regreso no eran para nada felices ni halagüeños, la salud de mi esposa empeoraba y en la búsqueda de soluciones recurrimos a amigos y conocidos que nos dieran una nueva orientación para mejorar sus calidad de vida. Ese era el motivo y la motivación para regresar a S.C. de Bariloche. Y allí continué mi peregrinación del tatami.

Reiniciar la vida en mi pueblo y retomar la práctica fue un ejercicio de someter a prueba a quién soy.

Pasaron muchas cosas de todo tipo. Enfermedad, accidente y nueva recuperación a la práctica. Practiqué en diferentes tatami y dojo, conocí nuevos sensei, comencé una nueva práctica en el Camino y además de aikidoka me inicié como iaidoka. Y continuando con la peregrinación ya no busco un tatami para practicar sino que sigo sometiendo a prueba a quién soy.

Porque no hay destino ni fin en este Camino.

Primera parte aqui: https://gabriellopardo.wordpress.com/2015/11/06/la-peregrinacion-del-tatami-i/

La Peregrinación del Tatami (I)

Maletas en movimiento
Fue un regreso largo, con cargas y lentitudes. Al final de un invierno polar que parecía no darse por vencido e insistía con más frío, hielo y nieve.
En Mánchester, apenas llegar al aeropuerto me informan que el vuelo de BMI ha sido cancelado, transfiriéndome a un vuelo de British Airways. Visto así no era gran cosa. El problema era que mi ticket era emitido por TAM con la primera etapa operada por BMI. Toda la ruta era Mánchester, Londres, Río de Janeiro y finalmente Buenos Aires. Todo eso con dos maletas de 32 kilos cada una. Pronto fue evidente que los de BA consideraban que tan sólo era un rutinario viaje entre Mánchester y Londres, por lo que no tenían ningún interés en llevar mi equipaje ni en preocuparse porque yo no perdiera mi conexión con el vuelo de TAM. El primer escollo fue el pago de exceso de equipaje…por 750 libras esterlinas. Tras una lucha dialéctica con los empleados de BA, logré que entendieran que mi caso era una excepción dado que había sido endosado por BMI a ese vuelo de BA. Fue una victoria, todo se resolvió con una multa por la segunda maleta: 50 libras esterlinas.
El avión era un típico A320 configurado en media-alta densidad, apenas había sitio entre las filas de asientos. No cabía un alfiler. Fue un milagro que encontrara un asiento para mí. Otro milagro fue que pudiera acomodarme con mi abrigo, mi laptop y mi maleta de cabina, no había sitio libre en los maleteros sobre los asientos. Así y todo disfruté lo que pude de mi refrigerio espartano y aterricé como era esperable con un atraso importante en Londres-Heathrow.
Heathrow es un aeropuerto gigantesco, cinco terminales y una de ellas es exclusiva para British Airways. La transferencia hasta la terminal desde donde despegaba TAM requirió un largo recorrido en bus y por interminables pasillos. Para mi sorpresa el avión de TAM estaba allí y pude embarcar. Me estaban esperando y a otros pocos más. Las miradas fulminantes de los pasajeros ya en sus asientos parecían decir “este atraso es por culpa de tipos informales e irresponsables como este”. Pero la responsabilidad y acaso la culpa sólo recaía en BMI. Por mi parte estaba agradecido por no tener que pasar una o varias noches en Londres esperando otro vuelo.
Más relajado me dispuse todo lo mejor que pude para volar el largo tramo transatlántico hasta Rio. Cené, escuché música clásica en mis auriculares y dormí, más bien me desmayé del agotamiento de un día tenso y largo. Amanecimos desayunando y pronto estábamos en Rio. Aquí me quedaba una espera de varias horas hasta el vuelo a Buenos Aires.
El aeropuerto de Rio, con el sugestivo nombre de Antonio Carlos Jobim y su relación a toda la música carioca, estaba a pleno de turistas, veraneantes y parejas de recién casados. Saliendo del invierno polar de las islas británicas había aterrizado en el verano austral en plena estación veraniega. El choque fue mayúsculo. No solamente era el clima o el jet-lag, era también mi propia carga de un año saturado de experiencias intensas. No me encontraba en sintonía ni con el verano ni con estado de ánimo de las personas que me rodeaban.
Había vivido experiencias muy movilizadoras así como pérdidas que me tocaron vivir en soledad. No estaba deprimido pero el sol del verano y la alegría brasileña no lograban importarme mucho.
Embarcando con destino a Buenos Aires-Ezeiza, veo que se trata del mismo aparato. El espacioso B777 que me había traído desde Londres ahora me llevaba a la Argentina. Mi nuevo asiento estaba detrás del que había ocupado en el tramo de vuelo anterior. Ya podía re-habitar mi capullo de viaje aéreo. La llegada a Ezeiza no tuvo mayor relevancia. Como era de esperase, las maletas no llegaron conmigo. Gentilmente el personal de tierra de TAM realizó todos los trámites para reclamar el equipaje; ya llegaría y lo enviarían directamente la dirección que les indicara. Me pidieron mil disculpas por las molestias y dos días después las maletas arribaron a mi domicilio sin novedad.
Después de haber ingresado en la Dimensión Aikido (link) una de mis prioridades y necesidades era dar con un dojo para retomar la práctica ya una vez reinstalado en mi nuevo hogar. Y aquí comenzó mi peregrinación.
Desde el momento de la mudanza de vida y trabajo de España a la Argentina, una larga etapa de transición implicó viajes cada seis meses entre una y otra orilla del Atlántico. Mi residencia a su vez se repartía entre Buenos Aires y un pequeño pueblo de la pampa sobre la costa atlántica. Buena parte del tiempo durante los primeros meses se diluyeron en viajes yendo y viniendo entre ambos sitios. La búsqueda del dojo quedó relegada a los pocos momentos libres que disponía entre viajes, obligaciones varias y trabajo. En el pueblo de la costa el dojo más cercano estaba a 50 kilómetros a cargo de un 1er. Dan que pero no había estabilidad en la práctica y el siguiente dojo estaba a casi 100 kilómetros. Y yo sin tiempo y con un vehículo prestado que debía regresar a Buenos Aires y la efectva ausencia de transporte público regular entre los pueblos perdidos en la pampa costera.
La otra mitad del tiempo estaba en Buenos Aires. Y no es Mánchester. Con tres millones de habitantes y un área metropolitana que suma casi quince millones de personas es una isla de hormigón y asfalto de kilómetros de extensión. Solo moverse en este laberinto era todo un reto que exige tiempo y energía. Cuando supe que en Buenos Aires ingresan cada día dos millones de vehículos, el equivalente al parque automotor de Bogotá. Todos los vehículos de Bogotá. Eso da una idea de lo que implica moverse en una metrópolis de este tamaño.
Desde mi sitio prestado en las afueras de Buenos Aires un viaje hasta el centro de la ciudad implica dos horas o a veces más. De modo que la búsqueda del dojo en Buenos Aires quedó reducida a las cercanías de donde transitoriamente me alojaba. Una serie de llamadas y correos electrónicos no culminaron en una visita o un encuentro con los responsables de los dojo. De los dos o tres más cercanos, alguno llegué a pasar por la puerta fuera de horario de práctica, pero ninguno coincidió con mis horarios o días en la ciudad gigante.

Peregrinando
No importaba la denominación, la escuela, el estilo o el linaje. Solo buscaba un dojo donde poder practicar aikido. Había asociaciones, escuelas, fundaciones, uniones, círculos, institutos, centros, y algo más. Realmente nada de eso me importaba. Podría practicar karate, judo o wu shu. Esas artes marciales estaban a disposición y tenía acceso directo a esas prácticas. Pero no estaba en búsqueda de un arte marcial, de cualquier arte marcial, quería continuar con la práctica de aikido. Mi sendero en el Camino estaba enfocado en el aikido y allí quería continuar. Tenía en mente la enseñanza de mis sensei de Mánchester; estés donde estés solo basta encontrar donde practicar, el resto es accesorio. Lo importante es estar abierto a la transmisión y al aprendizaje en la práctica. Por mi trabajo tendría largas temporadas de estadías en diferentes sitios y no habría muchas oportunidades de afiliarse a un dojo y mantener una continuidad en la práctica en un mismo sitio.
Las obligaciones y otras historias personales se sucedieron mes tras mes. Yendo y viniendo de la gran ciudad al pueblo en la pampa costera. Y ninguno de los potenciales sitios cercanos donde poder practicar había sido inalcanzable. Los dojos solo los conocí por sus puertas cerradas, en el mejor de los casos.
Mi peregrinación del tatami estaba en un no-lugar. La siguiente etapa de mi trabajo añadía la incertidumbre de adónde me obligaría a viajar. Allí donde me llevara habría de encontrar un dojo en el que pudiera practicar. Tocaba nuevamente regresar a Europa sin haber logrado reiniciar una práctica regular. Y el tiempo pasaba.