Encogidos, irresolutos, evanescentes

Uno de los tres de los principios taoístas más importantes. El Primer Principio, junto a la clasificación yin-yang y el concepto wu wei. El taoísmo en sí, una antigua filosofía china basada en los escritos de Lao-Tzu que enfatiza la vida simple y honesta en armonía con la naturaleza, resulta una de las fuentes más singulares y profundas de la comprensión de la realidad. Debido a su enfoque en la armonía y la forma adecuada de vivir, el taoísmo a menudo se denomina simplemente el Camino.

Sin embargo, debido a que hay muy poca evidencia histórica que respalde exactamente cuándo y cómo se fundó el taoísmo, o el Camino, gran parte de la información e incluso las creencias del taoísmo están un poco en una línea de sombra. En otras palabras, existen diversas definiciones para muchos de los términos taoístas.

Primer Principio

A veces traducido como Unidad, el Primer Principio simplemente establece que todo en la naturaleza es parte del mismo todo. Es fácil ver por qué en Occidente hemos decidido definir el taoísmo como una filosofía que enseña armonía con la naturaleza.

Sin embargo, el Primer Principio va mucho más allá de nuestro paradigma occidental de uno con la naturaleza. Tendemos a pensar en estilos de vida minimalistas, acampar o reciclar los residuos como ser uno con la naturaleza. Sin embargo, esto ni siquiera se acerca a la idea de Unidad del taoísmo. Para los taoístas, los humanos somos naturaleza. Estamos intrincadamente vinculados a ella y creados por ella a través de una especie de fuerza cósmica existencial e inmutable. Que se vincula íntimamnete con el chi o ki.

Yin-Yang

Además del primer principio, el taoísmo también enseña el concepto o clasificación yin-yang. Debido a su popular símbolo circular en blanco y negro, al que ya estamos un poco familiarizados con los conceptos del yin y el yang. Sin embargo, supongo que la mayoría de nosotros no podríamos relacionarlo con el taoísmo.

En el taoísmo, la clasificación yin-yang sugiere la idea de que los opuestos son necesarios para que exista la armonía. En pocas palabras, todos necesitamos equilibrio en nuestras vidas. Para explicar esto con más detalle, echemos un vistazo más de cerca al símbolo yin-yang. Mientras lo hacemos, observe que las partes en blanco y negro del símbolo son iguales entre sí. El negro no ocupa más espacio que el blanco. El blanco no ocupa más espacio que el negro. Son igualmente importantes. Sí, son opuestos, pero son iguales y necesarios.

Lao-Tsé nos ofrece este pasaje con la imagen del maestro taoísta a partir de una minuciosa descripción:

Se encogían como los que vadean un arroyo en invierno; indecisos como los que temen a todos los que les rodean; grave como un invitado (asombrado por su anfitrión); evanescente como el hielo que se derrite; sin pretensiones como la madera que no ha sido transformada en nada; baldío como un valle y opaco como agua fangosa.

Tao-te ching, capítulo 15
Maestro taoísta

Observemos que los rasgos que son los menos nobles de todos -encogidos, irresolutos, evanescentes- encuentran su lugar en la personalidad de un maestro taoísta. Todas estas características que Lao-Tsé encuentra difíciles de describir son alimento para nuestro pensamiento, tal como algunos koans Zen.

Wu wei

Uno de los conceptos más importantes del taoísmo es wu wei, que a veces se traduce como “no hacer” o “no actuar“. Sin embargo, una mejor manera de pensarlo es como una “acción de no acción” paradójica. Wu wei se refiere al cultivo de un estado del ser en el que nuestras acciones se alinean sin esfuerzo con el flujo y reflujo de los ciclos elementales del mundo natural. Es una especie de “ir con la corriente” que se caracteriza por una gran facilidad y conciencia, en la que, sin siquiera intentarlo, somos capaces de responder perfectamente a cualquier situación que surja.

El principio taoísta de wu wei tiene similitudes con el objetivo del budismo de no aferrarse a la idea de un ego individual. Un budista que renuncia al ego a favor de actuar a través de la influencia de la naturaleza búdica inherente se está comportando de una manera muy taoísta.

La elección de relacionarse o retirarse de la sociedad

Wu wei ha encontrado expresión en la elección de algunos taoístas de retirarse de la sociedad para vivir la vida de un ermitaño, deambular libremente por los prados de las montañas, meditar durante largos tramos en cuevas y ser nutrido de manera muy directa por la energía del mundo natural.

La forma más elevada de virtud

La práctica de wu wei es la expresión de lo que en el taoísmo se considera la forma más elevada de virtud, una que de ninguna manera es premeditada, sino que surge espontáneamente. En el capítulo 38 del Tao-te ching, Lao-tsé nos dice:

La virtud más alta es actuar sin sentido de uno mismo.
La mayor bondad es dar sin condición.
La máxima justicia es ver sin preferencia.
Cuando el Tao se pierde, uno debe aprender las reglas de la virtud.
Cuando se pierde la virtud, las reglas de la bondad.
Cuando se pierde la bondad, las reglas de la justicia.
Cuando se pierde la justicia, las reglas de conducta.

A medida que encontramos nuestra alineación con el Tao, con los ritmos de los elementos dentro y fuera de nuestro cuerpo, nuestras acciones son, naturalmente, de gran beneficio para todos los que contactamos. En este punto, hemos ido más allá de la necesidad de preceptos morales religiosos o seculares formales de cualquier tipo. Nos hemos convertido en la encarnación de wu wei, la “Acción de la no acción“; así como de wu nien, el “Pensamiento del no-pensamiento“, y wu hsin, la “Mente de la no-mente“. Nos hemos dado cuenta de nuestro lugar dentro de la red del inter-ser, dentro del cosmos y, conociendo nuestra conexión con todo lo que es, solo podemos ofrecer pensamientos, palabras y acciones que no hacen daño y que son espontáneamente virtuosas.

Razones para leer más


Leer es tu deber moral.

Cuando se reconoce una lección invaluable sobre el poder del conocimiento y la ignorancia, se entiende porqué los amos de esclavos escondían su dinero en libros.

Porque sabían que los esclavos no los abrirían.

Hay una razón por la que era ilegal enseñar a leer a los esclavos. Hay una razón por la que todos los regímenes, totalitarios, autoritarios, semi-democráticos o autopercibidos como tales, han quemado y prohibido libros, autores y publicaciones. El conocimiento es poder. Suena como un cliché, pero los clichés solo suenan así debido a la verdad generalmente aceptada en su núcleo. Una verdad profunda. Lo que es menos un cliché, pero en realidad más cierto, es lo opuesto a esa idea: la falta de conocimiento es debilidad, engendra súplicas y dificulta la resistencia.

A partir de esta primera lección, se llega a ver la lectura como un deber moral. No leer, permanecer en la ignorancia, no solo es ser débil, es ignorar a las personas que han luchado tanto, que han luchado a un costo tan grande para leer, escribir, saber, conocer y proporcionar a las generaciones futuras el derecho y la capacidad de hacer lo mismo, de hacer(lo) mejor.

Vale la pena señalar hoy que el dinero todavía está escondido en las páginas de los libros, aunque no porque alguien lo haya puesto allí para ocultarlo. Piense en cuántas personas quieren mejorar en algo, cualquier cosa, todo. Mire cuántas personas están desesperadas por tener éxito o por salir de este ciclo de mediocridad que ha atrapado a tantos de nuestra sociedad actual, estupidizante y cultura de la mediocridad. Estas personas buscan en todas partes la solución a sus problemas. Buscan fórmulas secretas, atajos, gurús. Darán la vuelta a todo el mundo antes de detenerse y mirar el único lugar donde siempre pueden estar seguros de encontrar respuestas: el estante de libros.

Sigue existiendo amos de esclavos.

Los grilletes están en las mentes, no en los cuerpos.

No por nada se ha convencido a la gente que la ignorancia, la estupidez, la mendicidad y la pobreza intelectual conforman en su conjunto una especie de virtud.

La lectura como deber moral

Leemos porque nos hace poderosos. Cuando no leemos, nos volvemos débiles, fáciles de manipular, menos de lo que somos capaces de ser. Es por nuestro propio interés que es importante leer (hay dinero en ello además), pero también es nuestro deber moral.

Leer es la forma de predecir el futuro.

Imaginemos un escenario en el que se perdió casi toda nuestra erudición moderna. Imagínese si un gran incendio en la Biblioteca de Alejandría actual, en un colapso sistémico global, acabara con los últimos cientos de años de avances en psicología y biología y todo lo demás en el saber humano. De repente, innumerables trabajos de investigación, libros y descubrimientos se convirtieron en cenizas. El costo sería inmenso, sin duda.

Y sin embargo, de alguna manera, estaríamos bien. Incluso si todo lo que quedaba eran solo los escritos de Marco Aurelio y Séneca y Epicteto y las tradiciones orientales y nativas. Porque por mucho que nuestra especie anhele la novedad, la verdad es que la mayoría de las verdades son muy antiguas. De hecho, son estas verdades atemporales las que nos enseñan más sobre el futuro y sobre nuestra época actual que la mayoría de nuestro pensamiento contemporáneo.

“No interesa el que leas muchos libros, más interesa mucho el que sean buenos los que leas”.

Séneca

Por supuesto, siempre se debe aprovechar las últimas investigaciones y los libros más recientes. El problema es que, para demasiadas personas, esto se produce a expensas de aprovechar la sabiduría de las mentes más sabias que jamás hayan existido.

Los estoicos dicen una y otra vez que es imperdonable no aprender del pasado. Como escribió Marco Aurelio en su diario en algún momento durante la plaga Antonina, el futuro es el pasado repetido.

Marco Aurelio en sus Meditaciones

“Mira el pasado, y de ahí extrapola el futuro: lo mismo. No hay escape del ritmo de los acontecimientos”.

Es a partir de este aprendizaje, del aprendizaje del pasado distante, de las mentes más sabias que jamás hayan existido, que podemos saber cómo prepararnos para el futuro.

Todo lo demás es ruido.

Todo lo demás debe ignorarse.

Las buenas costumbres de la vida

Estamos formados por jirones de múltiples colores, unidos entre sí de manera libre, tan floja, que cada uno ondea a cada instante a su voluntad. Y son tantas las diferencias que hay entre nosotros y nosotros mismos como las que hay entre nosotros y los otros.

Michel de Montaigne, Ensayos, Segundo libro, 1.

Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una variedad de sí mismos. Por eso aquel que desprecia las condiciones ambientales, el ambiente, no es el mismo que con ellas se alegra o por ellas padece. En la vasta colonia de nuestro ser hay gente de muchas clases, que piensan y sienten de incontables modos distintos.

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.

De todas nuestras innumerables experiencias, apenas algunas llegamos a expresarlas en palabras y aun así de manera casual y sin entregar todo el cuidado y atención que merecen. El cúmulo de experiencias mudas, ocultas en algún recuerdo de la memoria, imperceptiblemente han dado forma, color y substancia a nuestras vidas. Si las observanos con detenimiento descubriremos cuán desconcertantes son. Están en perpetuo movimiento, resbalan sobre la experiencia de la vida, amontonándose y mostrando las contradicciones de lo que somos.

Podría pensarse que se trata de una carencia, una falta o error a superar.

Sin embargo, el reconocimiento de ese desconcierto en nuestras vidas es el camino hacia la comprensión de estas experiencias, conocidas pero misteriosas. ¿Inusual? Sí puede ser así, pero permite estar verdaderamente despierto y vivo. Si de verdad sólo podemos experimentar una pequeña parte de lo que se aloja en nuestro interior, ¿qué pasa con el resto?

Vida y costumbres

En estas profundidades inciertas, ¿de verdad queríamos saltar? ¿Hay un secreto bajo la superficie de quienes somos? ¿Somos exactamente así, como se ven los actos a la vista de todos? Lo más curioso es que la respuesta puede cambiar según sea esa vista, esa mirada y de quién provenga. Y no todo está claramente iluminado por una luz brillante y diáfana, la profundidad humana puede resultar un espejismo si se la contempla como algo único e invariable, monótono, una cúpula gris sin sombras. En realidad todo accionar humano, nuestras acciones más mundanas y cotidianas o las más sublimes, son expresión absolutamente incompleta, ridículamente inútil -la más de las veces- de una vida interior oculta de una insospechada profundidad que lucha por llegar a la superficie denodadamente y sin lograrlo.

Esa lucha es una búsqueda del momento decisivo en que la vida cambia para siempre su dirección habitual. Pero no se trata de un cambio dramático sonoro y claro, por el contrario es un cambio en una nobleza silenciosa, una conmoción interior sin estallido, sin llamarada. El dramatismo de una experiencia increíblemente silenciosa e interior. Una experiencia casi imperceptible incluso al momento de atravesarla. Que despliega el efecto de un baño de luz totalmente nueva, diáfana. Donde nada vuelve a ser lo que era. En este silencio reside su nobleza.

Toda búsqueda es, en definitiva, una doble vertiente del viaje -el desplazamiento y la introspección- el cual atraviesa, no solo paisajes y espacios, también nuestro sentido de la existencia y de la trascendencia.

En estos tiempos convulsos y obscuros, de incertidumbre y temores generalizados, nuestra brújula para guiarnos en ese viaje puede ser la insistente persistencia en las buenas costumbres de la vida. Ser y vivir plenamente, más allá de los condicionamientos, reconociendo todo lo que somos y quienes somos.

Fatiga de combate

Hace tres años escribía parte de lo que se proyectaba como un plan de trabajo en varios sitios y a largo aliento. Entre el 3 de junio y el 3 de agosto de 2017 se inició, y apenas hecho el primer paso, quedó interrumpido por la marea creciente de acontecimientos. A poco de iniciar la primavera de ese año todo comenzó a desmoronarse, rápida y brutalmente. Pero el efecto, la onda expansiva, de aquel estallido no me alcanzó hasta el final del verano siguiente, en 2018.

El Sol Obscuro

Entonces todo colapsó.

Las horas extendidas de trabajo, los cargos, las obligaciones para viajar y presentarse, las evaluaciones, las (auto)exigencias se sumaron formando la tormenta perfecta. Los factores coercitivos del entorno. Los acontecimientos traumáticos reactivos. El estar siempre en posición de “dar batalla” y “dar lo mejor” pase lo que pase tiene un costo en la vida y en la salud.

Un momento de máximo quebranto, que no es fácil saber identificar y evitar.

Cuando objetivamente se tiene todo para ser feliz pero eso no es la solución a tus problemas actuales.

Cuando cada día te enfrentas a un conflicto interno de desvalorización, “lo podría haber hecho mejor.”

Cuando tu vida queda atrapada en un crisis dramática profunda de la que no entiendes nada y solo te preguntas “¿cuál es el drama de tu vida?”

Cuando tus mapas y tus territorios no coinciden, todo deja de tener sentido y te parece que “no puedo ocupar mi lugar.”

Y ya has batallado más allá de tus posibilidades y capacidades. Te tomaste la vida como una batalla, como una guerra, y te conviertes en el primer daño colateral de toda la acción.

Entonces caes y solo te queda la fatiga. Eterna, profunda y crónica.

Se trata ya no solo de un conflicto en la vida, es una conjunción de conflictos: de dirección, de motivación, de sentido. Tu vida se reduce a ser un superviviente en parálisis funcional. El mero desplazamiento es un conflicto. No quieres moverte. Te duele todo, comenzando por tu mente y tu espíritu. El dolor corporal es una obviedad.

Ya no eres capaz de avizorar un porvenir y tu (auto)exigencia te paraliza. Si te mueves, si haces algo, cualquier cosa, puedes fallar y si fallas todo termina ahí mismo. Levantarte, decidir buscar un vaso de agua y tomártelo es una tarea titánica, que se arrastra a lo largo del día con la misma comodidad que podría hacerlo una babosa sobre el filo de una navaja.

Incluso, cuando ya has descendido al sitio más obscuro que creías no existía en tu interior, solo te queda resolver el conflicto del superviviente: o después de tocar el fondo del horror, se remonta la cuesta, o estás confinado a vivir en esa obscuridad.

Durante los cuatro años anteriores a estos conflictos había pasado por una enfermedad crónica grave con seguimiento diagnóstico semestral, además un accidente grave que terminó con una prótesis ortopédica. ¿Qué más? Realmente no sabía si saldría con bien de esta encrucijada.

Todo tiene un efecto, una consecuencia y deja algún tipo de huella.

Durante casi dos o más años los días se hicieron lentos, poco interesantes, desanimados e incluso tristes. Una separación de la vida tal como la conocía hasta entonces.

Pero los días pasaron. Uno tras otro los días se tornaron más leves. Se produjo la separación definitiva del territorio. No había porqué pelear ni dar batalla. No había más nada que defender contra nadie. Los mapas ya no decían algo relevante y se podían abandonar.

Hoy, a tres años de esas últimas entradas, sé que no dejé de escribir aunque fuera en otros soportes, en papel y en la ermita que es mi vida. En el transcurso de esos largos y oscuros años recibí el alta definitiva de la enfermedad crónica grave. La prótesis a su alrededor duele, sí, pero es parte de la vida. Desde el primer momento, aunque fuera a los tropezones, siempre puse los pies en el tatami, aún en los peores momentos. Nunca abandoné, nunca me rendí. La práctica de aikido y de iaido, junto a mis compañeros de dojo, fue el otro punto de anclaje fuera de mi casa y mi familia.

En este extraño momento del 2020, la singularidad del aislamiento, la pausa, me permitió estar en casa, trabajando a distancia. No tengo práctica en el dojo. Ya se abrirá. Mientras tanto vuelvo a escribir por aquí.

Seguimos.

En el Camino.

Duelo en Reykjavik

Apenas habían pasado unos meses desde el regreso. En parte la motivación era el estar presente para seguir de cerca su evolución general. Sabía de antemano que a los pocos meses de ese regreso debería volver a partir y la ausencia se prolongaría al menos medio año más.

Nos despedimos con tranquilidad.

Otoño en Mánchester. El regreso a Europa se constituyó en una estadía de trabajo por más de seis meses. Esa larga estancia fue lo que permitió que conectara con el dojo y realizara el primer paso para dar inicio en el Camino del aikido.

Fueron tres meses intensos de práctica con el deslumbramiento y el fervor que nunca me abandonaría. Ahora sé lo que es que te dé el “síndrome del tatami” y te acompañe toda la vida. Más allá del cansancio, los dolores, los esfuerzos e incluso de los infortunios de accidentes y pérdidas; la práctica es una conexión personal e íntima con tu experiencia vital que te acompaña permanentemente.

Durante ese proceso de descubrimiento del placer de la práctica surgió el viaje a Islandia. Y en esos mismos días finalmente todo terminó. A la distancia de miles de kilómetros no sería diferencia ir o no ir, estar o no estar. Ya para entonces habíamos realizado la despedida en calma.

Días soleados de otoño sub-ártico, tímidas luces de auroras boreales y la posibilidad de pasar las horas en compañía de los recuerdos y su presencia junto a mi lado.

Reykjavik

Reykjavik

Pese a seguir la rutina establecida para esos días en Reykjavik todo tenía un aura de irrealidad; las calles semivacías, el frío, la nevisca, las curiosas costumbres islandesas como dejar a los niños a la intemperie en sus cochecitos y capazos o las velas en los dinteles y umbrales para iluminar las largas noches nórdicas. Y todo ello ahondaba mi introspección.

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Bebé islandés a la intemperie. Ph: Jennifer Yang/Toronto Star

Sobre el paseo de la bahía de Faxa o Faxaflói, una escultura enorme recuerda una nave vikinga con el aspecto fantasmagórico de algo que es capaz de atravesar espacios.

En una esquina de una calle que baja hacia el mar una librería de libros usados que es un laberinto de pilas y pilas de papel escrito en casi todos los idiomas. Libros en castellano sobre tango, fútbol, gauchos y Buenos Aires. Una realidad aparte en tierras vikingas.

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Escultura en la bahía de Reykjavik

Un momento relajado. Estar inmerso en una piscina geotermal bajo la suave nevisca mientras se afloja, algo, la ristra de nudos y contracturas del cuerpo. Una cerveza helada por el aire polar, nieve en la cabeza y el cuerpo sumergido en agua a 40C.

La tristeza duró días, semanas y luego meses hasta sumar años, al menos un par largos.

El regreso a la rutina del trabajo en Mánchester ayudó a sobrellevarlo, pero más que nada el regreso al tatami y la práctica.

Ahora, en otro otoño, en este caso austral, repaso con los dedos las mangas de lana islandesa y recuerdo momentos de ese puñado de días, del frío, del desprendimiento y la aceptación que la oportunidad de aquellos meses anteriores a la experiencia islandesa, cuando fue la última vez que nos reunimos todos, ya no volvería a repetirse. Ya nunca volveríamos a encontrarnos por aquí.

Así fueron los días de duelo en Islandia.

La Peregrinación del Tatami (II)

Las peregrinaciones han sido una parte esencial de la búsqueda espiritual desde tiempos inmemoriales. Pero ¿por qué la gente va en peregrinación, soportando dificultades y molestias? Si analizas el significado y el propósito detrás de hacer un viaje a un espacio sagrado; entonces encontrarás la razón para peregrinar.
¿Cuál es la diferencia entre el recorrido, un viaje y una peregrinación? La gente se mueve de un lugar a otro para una variedad de razones. Hay exploradores que siempre están en busca de tierras vírgenes que quieren poner su huella en. Quieren demostrar algo. Hay viajeros que tienen curiosidad de ver todo, por lo que viajan. Hay turistas que simplemente van a relajarse. Hay otros tipos de turistas que simplemente van a escapar de su trabajo o la familia. Pero un peregrino no va para cualquiera de estos propósitos. Una peregrinación no es una conquista, es una rendición. Es una manera de llegar a ti mismo en el Camino. Si no, es una manera de acabar agotado. Un proceso de destruir todo lo que es limitado y compulsivo; llegar a un estado sin límites de la conciencia.
Someter a prueba a quién eres.

Shoshin 初心

Shoshin – La Mente de Principiante

La idea detrás de una peregrinación es fundamental para someter el sentido de lo que eres. Es llegar a ser nada en el proceso de simplemente caminar y trepar y sujetarse a diversos procesos arduos de la naturaleza. En la antigüedad, para llegar a esos lugares, una persona tuvo que pasar por una cierta cantidad de malenestar físico, mental, y todo tipo de dificultades, por lo que se convierte en menos de que se piensa que es ahora. Hoy las cosas se han hecho mucho más cómodas. Estamos volando por arriba de todo, reduciendo las molestias y dificultades. Casi nadie peregrina para someterse a prueba y quienes lo hacen sólo caminando un poco del Camino.

Físicamente, somos seres humanos mucho más débiles que lo que solía ser hace miles de años,  porque en algún lugar y momento perdimos habilidades y ya no sabemos cómo hacer uso de los servicios y las facilidades de la vida en el Camino para nuestro bienestar. Los hemos utilizado para hacernos más cómodos, débiles, renunciando a proseguir a la más mínima de las dificultades para con nosotros mismos y con el entorno en el que existimos. Así que la idea fundamental de la peregrinación se hace aún más relevante para las sociedades modernas de lo que era para los antiguos.

Pero el Camino no parte de ningún origen concreto y carece de destino final.

Iniciar una peregrinación para someter a prueba a quién eres puede transformarse en una experiencia extenuante. Que te demanda toda tu vida.

En el regreso final a la Argentina, en Buenos Aires había sido imposible dar con un dojo que coincidiera con mis obligaciones y además me permitiera una reincorporación en la práctica luego de la experiencia en Mánchester. No tenía la intención de continuar con la misma escuela; ya mis sensei me habían aconsejado que practicara en el tatami que encontrara allí donde fuera. De modo que nada me decían las diferencias entre la miríada de asociaciones, círculos, federaciones, centros, uniones, fundaciones y otros en que se me presentaba el aikido.

Solo buscaba un tatami donde practicar.

Y en poco menos de dos meses la vida me llevó de regreso a San Carlos de Bariloche, desde donde había partido hacía doce años y adónde no tenía pensado regresar. Los motivos del regreso no eran para nada felices ni halagüeños, la salud de mi esposa empeoraba y en la búsqueda de soluciones recurrimos a amigos y conocidos que nos dieran una nueva orientación para mejorar sus calidad de vida. Ese era el motivo y la motivación para regresar a S.C. de Bariloche. Y allí continué mi peregrinación del tatami.

Reiniciar la vida en mi pueblo y retomar la práctica fue un ejercicio de someter a prueba a quién soy.

Pasaron muchas cosas de todo tipo. Enfermedad, accidente y nueva recuperación a la práctica. Practiqué en diferentes tatami y dojo, conocí nuevos sensei, comencé una nueva práctica en el Camino y además de aikidoka me inicié como iaidoka. Y continuando con la peregrinación ya no busco un tatami para practicar sino que sigo sometiendo a prueba a quién soy.

Porque no hay destino ni fin en este Camino.

Primera parte aqui: https://gabriellopardo.wordpress.com/2015/11/06/la-peregrinacion-del-tatami-i/

Religión, tradición y festividades en Japón: I

Tradición japonesa

Trazos de Japón

Hoy voy a dedicar una entrada a las religiones de Japón y a su entrada en el país.

La religión está muy presente en el día a día de la sociedad japonesa, y eso se ve, por ejemplo, en las festividades. En Japón no se imponen las creencias, si no que se puede escoger a cuál pertenecer. Además, todas conviven en harmonía, es decir, hay sincretismo religioso.

Templo japonés Templo japonés

Las religiones en Japón

Las religiones en Japón son:

Shintô – a la cual pertenece un 54%

– Budismo – a la cual pertenece un 40%

– Confucianismo y taoísmo – más que religiones son filosofías de vida o valores

– Cristianismo – a la cual pertenece sobre un 1%

– Islam – que cuenta con muy pocos creyentes

– Nuevas religiones – que cuentan con muchos creyentes

El shintô es la religión autóctona de Japón. Está muy relacionada con…

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Consejos valiosos de un maestro chino

Consejos de un maestro chino

La Gran Vía

12195888_918085094937796_75613344837491809_nVivir en el mundo sin apego por el polvo de este mundo es el proceder de un verdadero estudiante del Dharma. 

Cuando veas las buenas acciones de los demás, anímate a seguir su ejemplo.  

Cuando escuches hablar de los errores de los demás, aconséjate no emularlos. 

Aún cuando estés a solas en un cuarto oscuro, compórtate como si estuvieras frente a un huésped noble.  

Expresa tus sentimientos, pero no más allá de tu verdadera naturaleza. 

La pobreza es tu tesoro. Nunca la cambies por una vida regalada.  

Una persona puede parecer tonta sin serlo. Puede estar protegiendo su sabiduría con cuidado. 

Las virtudes son el fruto de la disciplina, y no caen del cielo por sí solas, como la lluvia y la nieve. 

La modestia es la base de todas las virtudes. Permite que tus vecinos te descubran antes de anunciarte. 

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La Peregrinación del Tatami (I)

Maletas en movimiento
Fue un regreso largo, con cargas y lentitudes. Al final de un invierno polar que parecía no darse por vencido e insistía con más frío, hielo y nieve.
En Mánchester, apenas llegar al aeropuerto me informan que el vuelo de BMI ha sido cancelado, transfiriéndome a un vuelo de British Airways. Visto así no era gran cosa. El problema era que mi ticket era emitido por TAM con la primera etapa operada por BMI. Toda la ruta era Mánchester, Londres, Río de Janeiro y finalmente Buenos Aires. Todo eso con dos maletas de 32 kilos cada una. Pronto fue evidente que los de BA consideraban que tan sólo era un rutinario viaje entre Mánchester y Londres, por lo que no tenían ningún interés en llevar mi equipaje ni en preocuparse porque yo no perdiera mi conexión con el vuelo de TAM. El primer escollo fue el pago de exceso de equipaje…por 750 libras esterlinas. Tras una lucha dialéctica con los empleados de BA, logré que entendieran que mi caso era una excepción dado que había sido endosado por BMI a ese vuelo de BA. Fue una victoria, todo se resolvió con una multa por la segunda maleta: 50 libras esterlinas.
El avión era un típico A320 configurado en media-alta densidad, apenas había sitio entre las filas de asientos. No cabía un alfiler. Fue un milagro que encontrara un asiento para mí. Otro milagro fue que pudiera acomodarme con mi abrigo, mi laptop y mi maleta de cabina, no había sitio libre en los maleteros sobre los asientos. Así y todo disfruté lo que pude de mi refrigerio espartano y aterricé como era esperable con un atraso importante en Londres-Heathrow.
Heathrow es un aeropuerto gigantesco, cinco terminales y una de ellas es exclusiva para British Airways. La transferencia hasta la terminal desde donde despegaba TAM requirió un largo recorrido en bus y por interminables pasillos. Para mi sorpresa el avión de TAM estaba allí y pude embarcar. Me estaban esperando y a otros pocos más. Las miradas fulminantes de los pasajeros ya en sus asientos parecían decir “este atraso es por culpa de tipos informales e irresponsables como este”. Pero la responsabilidad y acaso la culpa sólo recaía en BMI. Por mi parte estaba agradecido por no tener que pasar una o varias noches en Londres esperando otro vuelo.
Más relajado me dispuse todo lo mejor que pude para volar el largo tramo transatlántico hasta Rio. Cené, escuché música clásica en mis auriculares y dormí, más bien me desmayé del agotamiento de un día tenso y largo. Amanecimos desayunando y pronto estábamos en Rio. Aquí me quedaba una espera de varias horas hasta el vuelo a Buenos Aires.
El aeropuerto de Rio, con el sugestivo nombre de Antonio Carlos Jobim y su relación a toda la música carioca, estaba a pleno de turistas, veraneantes y parejas de recién casados. Saliendo del invierno polar de las islas británicas había aterrizado en el verano austral en plena estación veraniega. El choque fue mayúsculo. No solamente era el clima o el jet-lag, era también mi propia carga de un año saturado de experiencias intensas. No me encontraba en sintonía ni con el verano ni con estado de ánimo de las personas que me rodeaban.
Había vivido experiencias muy movilizadoras así como pérdidas que me tocaron vivir en soledad. No estaba deprimido pero el sol del verano y la alegría brasileña no lograban importarme mucho.
Embarcando con destino a Buenos Aires-Ezeiza, veo que se trata del mismo aparato. El espacioso B777 que me había traído desde Londres ahora me llevaba a la Argentina. Mi nuevo asiento estaba detrás del que había ocupado en el tramo de vuelo anterior. Ya podía re-habitar mi capullo de viaje aéreo. La llegada a Ezeiza no tuvo mayor relevancia. Como era de esperase, las maletas no llegaron conmigo. Gentilmente el personal de tierra de TAM realizó todos los trámites para reclamar el equipaje; ya llegaría y lo enviarían directamente la dirección que les indicara. Me pidieron mil disculpas por las molestias y dos días después las maletas arribaron a mi domicilio sin novedad.
Después de haber ingresado en la Dimensión Aikido (link) una de mis prioridades y necesidades era dar con un dojo para retomar la práctica ya una vez reinstalado en mi nuevo hogar. Y aquí comenzó mi peregrinación.
Desde el momento de la mudanza de vida y trabajo de España a la Argentina, una larga etapa de transición implicó viajes cada seis meses entre una y otra orilla del Atlántico. Mi residencia a su vez se repartía entre Buenos Aires y un pequeño pueblo de la pampa sobre la costa atlántica. Buena parte del tiempo durante los primeros meses se diluyeron en viajes yendo y viniendo entre ambos sitios. La búsqueda del dojo quedó relegada a los pocos momentos libres que disponía entre viajes, obligaciones varias y trabajo. En el pueblo de la costa el dojo más cercano estaba a 50 kilómetros a cargo de un 1er. Dan que pero no había estabilidad en la práctica y el siguiente dojo estaba a casi 100 kilómetros. Y yo sin tiempo y con un vehículo prestado que debía regresar a Buenos Aires y la efectva ausencia de transporte público regular entre los pueblos perdidos en la pampa costera.
La otra mitad del tiempo estaba en Buenos Aires. Y no es Mánchester. Con tres millones de habitantes y un área metropolitana que suma casi quince millones de personas es una isla de hormigón y asfalto de kilómetros de extensión. Solo moverse en este laberinto era todo un reto que exige tiempo y energía. Cuando supe que en Buenos Aires ingresan cada día dos millones de vehículos, el equivalente al parque automotor de Bogotá. Todos los vehículos de Bogotá. Eso da una idea de lo que implica moverse en una metrópolis de este tamaño.
Desde mi sitio prestado en las afueras de Buenos Aires un viaje hasta el centro de la ciudad implica dos horas o a veces más. De modo que la búsqueda del dojo en Buenos Aires quedó reducida a las cercanías de donde transitoriamente me alojaba. Una serie de llamadas y correos electrónicos no culminaron en una visita o un encuentro con los responsables de los dojo. De los dos o tres más cercanos, alguno llegué a pasar por la puerta fuera de horario de práctica, pero ninguno coincidió con mis horarios o días en la ciudad gigante.

Peregrinando
No importaba la denominación, la escuela, el estilo o el linaje. Solo buscaba un dojo donde poder practicar aikido. Había asociaciones, escuelas, fundaciones, uniones, círculos, institutos, centros, y algo más. Realmente nada de eso me importaba. Podría practicar karate, judo o wu shu. Esas artes marciales estaban a disposición y tenía acceso directo a esas prácticas. Pero no estaba en búsqueda de un arte marcial, de cualquier arte marcial, quería continuar con la práctica de aikido. Mi sendero en el Camino estaba enfocado en el aikido y allí quería continuar. Tenía en mente la enseñanza de mis sensei de Mánchester; estés donde estés solo basta encontrar donde practicar, el resto es accesorio. Lo importante es estar abierto a la transmisión y al aprendizaje en la práctica. Por mi trabajo tendría largas temporadas de estadías en diferentes sitios y no habría muchas oportunidades de afiliarse a un dojo y mantener una continuidad en la práctica en un mismo sitio.
Las obligaciones y otras historias personales se sucedieron mes tras mes. Yendo y viniendo de la gran ciudad al pueblo en la pampa costera. Y ninguno de los potenciales sitios cercanos donde poder practicar había sido inalcanzable. Los dojos solo los conocí por sus puertas cerradas, en el mejor de los casos.
Mi peregrinación del tatami estaba en un no-lugar. La siguiente etapa de mi trabajo añadía la incertidumbre de adónde me obligaría a viajar. Allí donde me llevara habría de encontrar un dojo en el que pudiera practicar. Tocaba nuevamente regresar a Europa sin haber logrado reiniciar una práctica regular. Y el tiempo pasaba.

El 111, Oxfam y Suenaka o Cómo pasé a la Dimensión Aikido

111

A principios de otoño aterricé en Manchester para una estadía corta de seis meses en la Universidad.
Una vez instalado en la habitación alquilada a una familia en Fallowfield, mi rutina laboral diaria comenzaba con una caminata hasta la parada del bus 111.  El 111 me dejaba en la puerta del edificio donde tenía un escritorio en una amplia oficina, compartida con otros tres investigadores y estudiantes de posgrado que casi nunca estaban ahí. Para mi mayor comodidad.
Una característica de la vida universitaria inglesa es que se cumplen horarios de oficina. Llegaba por las mañanas, hacía mi trabajo y a las seis de la tarde (porque nos quedábamos a completar tareas que nos importaban dentro del proyecto) éramos de los últimos en abandonar el edificio. Antes que pasara el personal de seguridad arreando a los retrasados hasta la calle. Así que una buena cantidad de horas, ya nocturnas como avanzaba el otoño, me quedaban libres y sin la imperiosa necesidad de regresar a mi hogar provisorio.

El 111

El 111

¿Qué hacer? Lo interesante de las universidades inglesas es que cuentan con clubes, sociedades y grupos con los más diversos intereses. Y en Manchester existen de Aikido, de Cultura Japonesa…fue inevitable caer en la Dimensión Aikido.
Pero comencemos un poco antes. En el período previo de aclimatación. En verdad llegué a Manchester a fines de verano, durante los primeros días de septiembre, que para cualquiera que no sea nativo del norte de Inglaterra ya es otoño. Y esto considerando que mi hogar es la Patagonia. En esos primeros días de aclimatación, luego de dejar la veraniega Barcelona, necesitaba distensión y una buena práctica de elongación. Así que para cuando llegó a mis manos la información sobre Aikido y la Fiesta de la Cultura Japonesa ya estaba en mis clases de yoga que se superponían con los horarios de Aikido.

Oxfam y Suenaka

No siempre esperaba para subir al 111. Muchos días, incluso bajo la lluvia norteña, caminaba desde mi casa hasta el campus. Manchester es una gran ciudad universitaria y el eje sur-norte que traza Oxford Road es la arteria principal de este mundo y por donde pasan las diferentes rutas de buses, incluido el 111. Durante esas caminatas, apenas sobrepasado el Whitworth Park y doblando para ingresar a Oxford Road, a pocos metros más allá de la Whitworth Art Gallery, entre oficinas y bancos me topé con la sucursal de Oxfam. Una de las principales atracciones de esta ONG es la venta de cosas usadas provenientes de donaciones, incluido ropa, vajilla y libros entre muchas otras cosas. Fue en este Oxfam que encontré un libro que cambiaría todo. Aquel libro fue Complete Aikido de Roy Y. Suenaka Hachidan 8ºDan, fundador de Wadokai Aikido, alumno de O Sensei Morihei Ueshiba de quien recibió menkyo kaiaden (certificado de docencia y maestría) estudió en el Aikikai Hombu por ocho años y uno de los grandes desconocidos de la historia del Aikido.
Aquel día, uno de los primeros apenas instalado, me llevé el libro (impecable, nunca abierto, vendido en segunda mano por monedas) y lo empecé a leer. Esa misma noche. No lo pude dejar, amanecí con él en las manos. Todo un mundo de recuerdos, mi niñez y sueños siempre guardados como buenos y viejos vinos salieron a flote. Ya había y aquí estaba otra vez, pero esa es otra historia.
Nada o poca cosa conectaba la historia de Suenaka y su Aikido con el dojo de Manchester, pero funcionó como un iniciador, todo se desencadenó.
Tenía que practicar Aikido. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Al comenzar en septiembre el nuevo año académico retomaba también la actividad de Aikido. En cuanto completé mis clases de yoga me lancé a la práctica de Aikido.

La Dimensión Aikido

La primera vez (siempre hay una primera vez) que pisé el tatami encontré mi conexión. Mi elemento. Lo vi, lo viví. Salí de mi oficina y fui directo al centro deportivo de la Universidad a pocas calles. Me senté en el tatami con mi ropa de diario, en seiza ¡con vaqueros! Esa noche regresé a mi casa en Fallowfield y subí la empinada escalera hasta mi habitación. Sentía el esfuerzo de los músculos y la intensidad del movimiento de una práctica de casi dos horas. Dormí feliz. A la mañana siguiente cuando bajé para desayunar descubrí que me dolían músculos que desconocía que tuviera mi cuerpo. Bajar esa escalera fue penoso, por decirlo con optimismo. Di gracias por haber completado mis rutinas de elongación en las clases de yoga, de otro modo hubiera terminado en emergencias del hospital universitario. No podía dejarlo ahora que lo había encontrado. No solo asistí a las clases en el centro deportivo, mayoritariamente con estudiantes de la Universidad, además me sumé a la pequeña cofradía que asistía a las prácticas en el dojo del centro de la ciudad.
Decididamente había cruzado al Otro Lado, ya estaba en la Dimensión Aikido. Y nada sería igual desde entonces.

El dojo

El dojo

Y, en medio de todo el fervor, la pasión y el enamoramiento de descubrir tu conexión, emergen otras cosas. “¿Qué estoy haciendo aquí?” preguntaba una parte de mi mente ya desquiciada al percibir que durante las proyecciones pasaba de ver de frente a los ojos a mi nage (mi sensei 4º Dan entonces) a ver en veloz y sucesiva transición la pared derecha, el cielorraso, la pared a mi izquierda, el tatami acercándose a toda velocidad (en verdad yo cayendo a toda velocidad) y por último de nuevo el cielorraso. ¡Blam! Increíble, todo lo que podía expresar era puro gozo. Me estaba divirtiendo. Mi otro sensei (ella también 4ºDan para esa época) había bautizado mi experiencia como “cheerful aikido”. Y de eso se trataba, mostraba lo que sentía (y siento hoy) al practicar: felicidad, buenos sentimientos y sensaciones. Me estaba divirtiendo. Había regresado a mi niñez. Por eso mi pobre mente discriminante me decía “Pero si ya estoy grandecito para esto…” Por suerte,  por más que escuche que parlotea por ahí al fondo, no le otorgo demasiada atención .
Entre mis sueños, los dolores y la rutina de cada día llevé la práctica adelante en uno de los peores inviernos de Inglaterra. Nieve en Navidad y antes de Navidad y para enero y para cuando me fui había habido semanas con frío polar y siberiano. Y eso lo recuerdo bien porque antes de la práctica se apagaba la calefacción del dojo…pisar el tatami era doloroso. Hasta que empezaba el keiko. Terminábamos dos horas después con los cristales de las ventanas chorreando agua y escarcha mientras veíamos acumularse la nieve en la calle. Y nosotros empapados en sudor, agotados y felices.
De aquellas primeras experiencias, las enseñanzas me acompañan toda la vida; los sonidos al deslizarnos sobre el tatami, las voces de mis Sensei. “Gently, Gabriel, gently” la voz de sensei, sin verlo, al captar que en mi entusiasmo estaba proyectando con demasiada energía a mi uke. La práctica de Navidad, la última del año y justo antes de las vacaciones de invierno, cuando todos los estudiantes se van a casa; me encontré en el tatami con mis Sensei, casi todos los Dan y uno o dos graduados. Distendidos y liberados de la tarea de instrucción, los Danes se fueron turnando para elegir practicar conmigo y divertirnos. Fue una experiencia fabulosa. Al terminar, dos horas y media después, mis piernas apenas me sostenían. Pero nada más me importaba, todo podía terminar ahí mismo en ese instante. Estaba feliz.
Había cruzado y ya habitaba una realidad aparte. Había alcanzado a ponerme en contacto con el elemento. La Dimensión Aikido. Y nunca me abandonaría desde entonces, pese a todo, pese a estar hoy imposibilitado; pese al trauma de mi accidente continúo en mi conexión. Está ahí, es algo vivo, enérgico y sutil. Aunque ya no pueda practicar, está en mí, es mi “cheerful aikido”. Me sigo divirtiendo y lo disfruto. Gracias.