Las buenas costumbres de la vida

Estamos formados por jirones de múltiples colores, unidos entre sí de manera libre, tan floja, que cada uno ondea a cada instante a su voluntad. Y son tantas las diferencias que hay entre nosotros y nosotros mismos como las que hay entre nosotros y los otros.

Michel de Montaigne, Ensayos, Segundo libro, 1.

Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una variedad de sí mismos. Por eso aquel que desprecia las condiciones ambientales, el ambiente, no es el mismo que con ellas se alegra o por ellas padece. En la vasta colonia de nuestro ser hay gente de muchas clases, que piensan y sienten de incontables modos distintos.

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.

De todas nuestras innumerables experiencias, apenas algunas llegamos a expresarlas en palabras y aun así de manera casual y sin entregar todo el cuidado y atención que merecen. El cúmulo de experiencias mudas, ocultas en algún recuerdo de la memoria, imperceptiblemente han dado forma, color y substancia a nuestras vidas. Si las observanos con detenimiento descubriremos cuán desconcertantes son. Están en perpetuo movimiento, resbalan sobre la experiencia de la vida, amontonándose y mostrando las contradicciones de lo que somos.

Podría pensarse que se trata de una carencia, una falta o error a superar.

Sin embargo, el reconocimiento de ese desconcierto en nuestras vidas es el camino hacia la comprensión de estas experiencias, conocidas pero misteriosas. ¿Inusual? Sí puede ser así, pero permite estar verdaderamente despierto y vivo. Si de verdad sólo podemos experimentar una pequeña parte de lo que se aloja en nuestro interior, ¿qué pasa con el resto?

Vida y costumbres

En estas profundidades inciertas, ¿de verdad queríamos saltar? ¿Hay un secreto bajo la superficie de quienes somos? ¿Somos exactamente así, como se ven los actos a la vista de todos? Lo más curioso es que la respuesta puede cambiar según sea esa vista, esa mirada y de quién provenga. Y no todo está claramente iluminado por una luz brillante y diáfana, la profundidad humana puede resultar un espejismo si se la contempla como algo único e invariable, monótono, una cúpula gris sin sombras. En realidad todo accionar humano, nuestras acciones más mundanas y cotidianas o las más sublimes, son expresión absolutamente incompleta, ridículamente inútil -la más de las veces- de una vida interior oculta de una insospechada profundidad que lucha por llegar a la superficie denodadamente y sin lograrlo.

Esa lucha es una búsqueda del momento decisivo en que la vida cambia para siempre su dirección habitual. Pero no se trata de un cambio dramático sonoro y claro, por el contrario es un cambio en una nobleza silenciosa, una conmoción interior sin estallido, sin llamarada. El dramatismo de una experiencia increíblemente silenciosa e interior. Una experiencia casi imperceptible incluso al momento de atravesarla. Que despliega el efecto de un baño de luz totalmente nueva, diáfana. Donde nada vuelve a ser lo que era. En este silencio reside su nobleza.

Toda búsqueda es, en definitiva, una doble vertiente del viaje -el desplazamiento y la introspección- el cual atraviesa, no solo paisajes y espacios, también nuestro sentido de la existencia y de la trascendencia.

En estos tiempos convulsos y obscuros, de incertidumbre y temores generalizados, nuestra brújula para guiarnos en ese viaje puede ser la insistente persistencia en las buenas costumbres de la vida. Ser y vivir plenamente, más allá de los condicionamientos, reconociendo todo lo que somos y quienes somos.

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