Fatiga de combate

Hace tres años escribía parte de lo que se proyectaba como un plan de trabajo en varios sitios y a largo aliento. Entre el 3 de junio y el 3 de agosto de 2017 se inició, y apenas hecho el primer paso, quedó interrumpido por la marea creciente de acontecimientos. A poco de iniciar la primavera de ese año todo comenzó a desmoronarse, rápida y brutalmente. Pero el efecto, la onda expansiva, de aquel estallido no me alcanzó hasta el final del verano siguiente, en 2018.

El Sol Obscuro

Entonces todo colapsó.

Las horas extendidas de trabajo, los cargos, las obligaciones para viajar y presentarse, las evaluaciones, las (auto)exigencias se sumaron formando la tormenta perfecta. Los factores coercitivos del entorno. Los acontecimientos traumáticos reactivos. El estar siempre en posición de “dar batalla” y “dar lo mejor” pase lo que pase tiene un costo en la vida y en la salud.

Un momento de máximo quebranto, que no es fácil saber identificar y evitar.

Cuando objetivamente se tiene todo para ser feliz pero eso no es la solución a tus problemas actuales.

Cuando cada día te enfrentas a un conflicto interno de desvalorización, “lo podría haber hecho mejor.”

Cuando tu vida queda atrapada en un crisis dramática profunda de la que no entiendes nada y solo te preguntas “¿cuál es el drama de tu vida?”

Cuando tus mapas y tus territorios no coinciden, todo deja de tener sentido y te parece que “no puedo ocupar mi lugar.”

Y ya has batallado más allá de tus posibilidades y capacidades. Te tomaste la vida como una batalla, como una guerra, y te conviertes en el primer daño colateral de toda la acción.

Entonces caes y solo te queda la fatiga. Eterna, profunda y crónica.

Se trata ya no solo de un conflicto en la vida, es una conjunción de conflictos: de dirección, de motivación, de sentido. Tu vida se reduce a ser un superviviente en parálisis funcional. El mero desplazamiento es un conflicto. No quieres moverte. Te duele todo, comenzando por tu mente y tu espíritu. El dolor corporal es una obviedad.

Ya no eres capaz de avizorar un porvenir y tu (auto)exigencia te paraliza. Si te mueves, si haces algo, cualquier cosa, puedes fallar y si fallas todo termina ahí mismo. Levantarte, decidir buscar un vaso de agua y tomártelo es una tarea titánica, que se arrastra a lo largo del día con la misma comodidad que podría hacerlo una babosa sobre el filo de una navaja.

Incluso, cuando ya has descendido al sitio más obscuro que creías no existía en tu interior, solo te queda resolver el conflicto del superviviente: o después de tocar el fondo del horror, se remonta la cuesta, o estás confinado a vivir en esa obscuridad.

Durante los cuatro años anteriores a estos conflictos había pasado por una enfermedad crónica grave con seguimiento diagnóstico semestral, además un accidente grave que terminó con una prótesis ortopédica. ¿Qué más? Realmente no sabía si saldría con bien de esta encrucijada.

Todo tiene un efecto, una consecuencia y deja algún tipo de huella.

Durante casi dos o más años los días se hicieron lentos, poco interesantes, desanimados e incluso tristes. Una separación de la vida tal como la conocía hasta entonces.

Pero los días pasaron. Uno tras otro los días se tornaron más leves. Se produjo la separación definitiva del territorio. No había porqué pelear ni dar batalla. No había más nada que defender contra nadie. Los mapas ya no decían algo relevante y se podían abandonar.

Hoy, a tres años de esas últimas entradas, sé que no dejé de escribir aunque fuera en otros soportes, en papel y en la ermita que es mi vida. En el transcurso de esos largos y oscuros años recibí el alta definitiva de la enfermedad crónica grave. La prótesis a su alrededor duele, sí, pero es parte de la vida. Desde el primer momento, aunque fuera a los tropezones, siempre puse los pies en el tatami, aún en los peores momentos. Nunca abandoné, nunca me rendí. La práctica de aikido y de iaido, junto a mis compañeros de dojo, fue el otro punto de anclaje fuera de mi casa y mi familia.

En este extraño momento del 2020, la singularidad del aislamiento, la pausa, me permitió estar en casa, trabajando a distancia. No tengo práctica en el dojo. Ya se abrirá. Mientras tanto vuelvo a escribir por aquí.

Seguimos.

En el Camino.

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